Archivo Español de Arte 97 (388)
ISSN-L: 0004-0428, eISSN: 1988-8511
https://doi.org/10.3989/aearte.2024.1482

Gonzalo Juanes. Una incierta luz Madrid: Sala Canal de Isabel II, 28-05-2024 a 21-07-2024

 

La palabra amateur, en el ámbito de la fotografía, se traduce frecuentemente por “aficionado”, aunque algunos autores prefieren emplear “no profesional” o “vernácula”. Lo cierto es que el vocablo español no recoge tantos matices como la voz francesa original, que se ha lexicalizado en nuestra lengua y se emplea de la misma manera en otros idiomas. En este sentido, es preciso fijarse en la propia etimología del extranjerismo: “amador” de una determinada actividad o disciplina. Esa relación personal, apasionada, entusiasta e íntima con el medio caracteriza, precisamente, la obra de Gonzalo Juanes (Gijón, 1923-2014). De personalidad tímida y modesta, no ganó dinero con su producción ni estuvo interesado en exponerla, solo hacía fotos para sí mismo y sus amigos. Estas circunstancias explican su tardío reconocimiento y su relativo desconocimiento por el público general. Sin embargo, la reciente exposición en la Sala Canal de Isabel II, comisariada por Chema Conesa, ofrece una oportunidad para valorar y apreciar su obra.

Para el autor, la fotografía no era una mera afición, sino una auténtica inquietud vital, como evidencian las citas textuales desplegadas en la sala. En una de ellas, afirma: “siento como fotógrafo en todo momento”. Juanes conocía bien las tendencias contemporáneas, estuvo en contacto con el Grupo Afal a finales de la década de los cincuenta y publicó de manera recurrente fotos y artículos en su boletín. Esta agrupación fue crucial en la renovación de la fotografía española, y Juanes fue altamente valorado por sus críticas perspicaces y su atención al trabajo de los demás. Un carácter reflexivo y exigente que, por supuesto, aplicaba también a su propia obra.

En la planta baja, el espectador encuentra sus primeras instantáneas de los años cincuenta, una época en la que capturó la vida diaria de Madrid durante una época de cambio. Estas imágenes revelan la búsqueda de un estilo propio, que se consolidó después de su traslado a Gijón en 1957 por motivos laborales. Curioso por las novedades de la técnica, una de las características esenciales de su trabajo es la apuesta deliberada por el color, en concreto, el uso de las diapositivas Kodachrome, lo que lo sitúa como uno de los grandes pioneros en este formato. Juanes abandonó el blanco y negro en parte porque aborrecía las tareas del laboratorio, hasta el punto de que vendió a un chamarilero sus antiguos artilugios, incluido el mueble que guardaba los negativos monocromos, no sabemos si por descuido o a propósito. En todo caso, apenas conservó fotografías de la primera época, solo un pequeño álbum, unas pocas copias y las reproducciones publicadas en Arte Fotográfico y Afal.

La película en color llegó a España en los años sesenta, muchos años después de su presentación en 1936. Pese a la comodidad en el revelado, estas diapositivas presentaban una gran complejidad en términos de iluminación y diafragma, lo que requería una gran precisión. El artículo comercial no fue considerado apropiado para la fotografía artística por los profesionales del ramo, que, aunque apreciaban el trabajo de su amigo, enaltecían el proceso de revelado y la plasticidad del blanco y negro. De manera muy acertada, una de las capillas se dedica a la irrupción de este procedimiento, con carretes, proyectores, películas y visores. Asimismo, como tributo a esta forma de visionado, que tendría lugar en su casa con familiares y amigos, en el centro de la sala hay un carrusel de diapositivas de otros autores coetáneos, claves para la transición del monocromo al color. De la misma manera, en las plantas superiores se encuentran reproducciones retroiluminadas, que complementan las copias de exposición.

Esta particularidad del cromatismo lo alejaba de las prácticas contemporáneas en España, que conocía y revisaba en sus críticas y recensiones. Fuera del país, siguió referencias como Robert Frank o William Klein, de quienes admiraba el uso de recursos sencillos, como la visibilidad del grano, los encuadres girados y desenfoques, que daban un carácter esencial, espontáneo y expresivo a las tomas. Con todo, Juanes se esmeró en buscar un trabajo individual, emanado de sus propios pensamientos, natural y sin pretensiones. Según sus palabras, buscaba una fotografía “subjetiva y sincera”, como puede verse en una de sus series más conocidas, la de la calle Serrano en 1965, en la primera planta. Sentado en la terraza de un café, en una calle muy transitada, capturó la cotidianidad de la joven burguesía de un barrio acomodado de Madrid. Es un conjunto especial dentro de su producción, donde apenas se encuentran esas constantes miradas inquisitivas al objetivo. Llenas de movimiento, pero con un tratamiento comedido, constituyen una excepción en su época, en la que los fotógrafos prestaban mayor atención a los barrios marginales.

En contraste con esos jóvenes acomodados de la capital, aparecen, enfrentadas en la sala, las gentes de Asturias, retratadas en el campo, de romería y en fiestas. Uno de los grandes eventos es el Descenso del Sella, del cual puede verse una fantástica serie expuesta en esta muestra por primera vez, ya en la segunda planta. Como en la de Serrano, fue resuelta en un solo día, algo extraordinario en su trayectoria, ya que solía trabajar en series más o menos dilatadas en el tiempo. Unitarias en su contenido, estas series están centradas en su entorno, con un cariz social, o presentan un carácter más introspectivo. En todo caso, son atemporales, no narrativas, y apelan a la complejidad de su vida, la fragilidad del tiempo o la indecisión de los instantes. “Los juegos, los niños y el parque” es una de las más emotivas, capturadas en otoño e invierno, con una singular luz grisácea.

En la tercera planta, aparecen más fotos del paisaje asturiano, un espacio natural conocido y fascinante para el autor, que capturó con una gran sensibilidad su “incierta luz”: ambientes nebulosos, brumas, crepúsculos y amanecidas cuyas tonalidades son difíciles de discernir por el ojo humano. En esos momentos, exploraba los límites del nuevo soporte y descubría aberraciones cromáticas que conferían un sentido poético a las imágenes. En este espacio final, la poética de las vistas asturianas convive con los restos de un decadente pasado industrial. Chimeneas, montañas de carbón, cargaderos del puerto, descampados y negocios cerrados conforman una imagen poco atractiva de la ciudad, pero honesta con su tiempo. Asimismo, se pueden ver imágenes de lugares vacíos y objetos encontrados que, paradójicamente, evidencian espacios vividos y cotidianos en otros tiempos. Por último, cementerios y estancias de hospital, reflejados de forma intimista y reflexiva, hacen aflorar la fragilidad y desesperanza del creador en sus años finales.

Su reconocimiento fue tardío: en 2003, a sus ochenta años, expuso una antológica en el Instituto Jovellanos de su ciudad; después participó en la muestra Variaciones en España. Fotografía y arte, 1900-1980 (Centro de Arte Atlántico Moderno de Las Palmas de Gran Canaria, Museo de Arte Contemporáneo de Vigo y Centro Cultural de la Villa de Madrid, 2004) y en El color de una vida (FNAC y La Fábrica en Madrid, 2009). Hoy, esta primera gran exposición monográfica brinda, por fin, una oportunidad para contemplar unas imágenes excelentes, con una base documental sólida y una mirada lírica y personal, la de un verdadero “amador” de la fotografía.